Cuando cantaba que parecía que se le salieran los ojos, Miguel Pantalón –que es el sumatorio de muchos cantaores—decía: veo sitios, veo los muertos, veo tó». Y el flamenco todo, como un enorme bulto que iba más allá del mar y más allá del mundo. Así rindió homenaje al cante uno de los mayores investigadores y aficionados de la historia, el narrador y poeta Fernando Quiñones que, en 1980, publicó el relato “El Testigo” dentro de su extraordinaria colección de narraciones “Nos han dejado solos” (Ed. Planeta).
Rafael Álvarez El Brujo creció en la pensión de su padre, que cantiñeaba flamenco con un gato al que llamaba Macandé y que maullaba por bulerías, mientras un cura con mandibulitis gangoseaba constantemente un latinajo que parecía decir “con Concha Montes”.“Así me gusta, que os entendáis”, rezongaba la madre del actor cuando los tres se enzarzaban en discusiones.
Ahora, el actor se ha reencontrado con el texto literario en un montaje teatral que tiene tanto o más de gestualidad y de reinvención que de simple reproducción del relato original, escrito en clave de monólogo y a través del que Juan, un cantaor que interpretaba los palos como una placa de gramófono –“muy bien pero siempre igual”--, da cuenta de la peripecia vital de aquel otro artista, mucho más intenso, irregular pero de sobrado genio.